1952: PERU HACE RESPETAR “MANU MILITARI” SU SOBERANIA MARITIMA ANTE FLOTA DE ONASSIS

La transnacionalización de los oceános corre paralela a la de los territorios continentales, principalmente del hemisferio Sur. Es así que la llamada “Convención del Mar” (ConveMar) propugna tal despojo de los países ribereños “de color” subdesarrollado. En síntesis: “festín marítimo” para las flotas privadas de consorcios pesqueros con colosales buques-factoría (fabricas flotantes) acompañados de jaurías de barcos arrastreros, espineleros, atuneros, bolicheros, etc., amén del interés depredador (y anti-ecológico) de las grandes petroleras y demás explotadores del lecho marítimo. No obstante que el Perú “aún” no suscribe la malhadada ConveMar, es necesario referir que dicho afán de los gobiernos de Fujimori, Paniagua, Toledo y García, se ha visto refrenado por la resistencia de los gremios populares; no obstante, el afán traidor queda aún pendiente y amenazante, más aún en el epílogo del actual alanismo apátrida. A continuación el ameno relato, extraído de la obra “ONASSIS”, de Frank Brady, que dedica todo un capítulo a la “Guerra entre la flota ballenera de Onassis y la Armada Peruana”, acaecida, efectivamente, en la primavera de 1952, cuando el Perú proclamaba su soberanía sobre las 200 millas de mar territorial (tesis que constituye una daga en el corazón para la ConveMar), la cual –por supuesto- quedó oleada y sacramentada cuando la “Flota Imperial” de Onassis fue apresada y puesta en fuga por la Armada Peruana, siendo presidente el Gral. Odría.

Cuando la “Olympic Whaling Company” emprendió una expedición en busca de ballenas por las costas del Perú en agosto de 1954, la prensa peruana calificó a Onassis como “pirata ballenero”. Los encabezados atacaban a la expedición de Onassis: “Flota pirata ballenera desafía a nuestra Armada”, apareció como titular de carátula.

La prensa informó que la flota de Onassis, encabezada por el imponente Olympic Challenger, no solamente incumplía los reglamentos de la Comisión Internacional Ballenera, sino que el propio Onassis había violado la soberanía del Perú cazando ballenas dentro del límite de 200 millas fijado por el gobierno peruano. El límite de 200 millas fue discutido en Santiago, en agosto de 1952, cuando Perú, Chile y Ecuador decidieron establecer un mar territorial de 200 millas de ancho a lo largo de sus costas. Estas naciones votaron por capturar a cualquier “invasor” de sus mares territoriales y multarlos en proporción. Una editorial en La Prensa decía: “Las invasiones piratas, como las practica Onassis no pueden ser toleradas. Si llegan a ocurrir, los transgresores deben ser aprehendidos y sus naves confiscadas por la Armada”. Onassis, creía que el límite de 200 millas era absurdo, alegando que los mares eran “libres al tráfico marítimo” y que fuera de las 3 millas del límite “convenido desde la Edad Media”, sus barcos podían desempeñar sus actividades como les viniera en gana; consideraba cualquier interferencia, de algún gobierno ribereño, como “acto bélico”.

Ya que la mayoría de la tripulación de los barcos de Onassis eran alemanes, los temperamentos se exaltaban mucho cuando las noticias llegaban a la prensa de Berlín. “Los peruanos no se atreverán a detener al Olympic Challenger, “rezongaba el de Hamburgo”: Los peruanos están en plan de alarde”.

Pero los peruanos no estaban alardeando. El presidente Odría estaba furioso contra Onassis y no tenía la menor intención de permitirle que “violara el mar del Perú”. El 15 de noviembre de 1954, Perú embistió: Cuando dos de los barcos de Onassis, el Olympic Lightning y el Olympic Victor, fueron localizados cazando ballenas a 180 millas de las costas, dos destructores peruanos, el Aguirre y el Rodríguez, le ordenaron a los balleneros entregarse “por invasión de aguas nacionales”. Los barcos fueron escoltados al puerto de Paita. El mismo día otro navío peruano, el Castilla, y varios destructores más, capturaron más buques del equipo de Onassis. Los miembros de la tripulación fueron arrestados y sometidos a interrogatorios por la policía peruana.

A la mañana siguiente el barco madre, Olympic Challenger, fue realmente atacado por la Fuerza Aérea Peruana. Como una advertencia, se dejaron caer bombas alrededor del barco; el capitán Reichert ordenó al jefe de máquinas que se pusiera la nave a toda marcha para alejarse de las costas peruanas. Una de las bombas desgarró un agujero en el costado del barco, y el fuego de ametralladoras salpicó la cubierta. Nadie fue muerto ni herido pero la intención estaba bien clara. El Olympic Challenger se entregó.

Aunque un portavoz de la flota de Onassis declaró que los barcos estaban bien alejados del límite de 200 millas impuesto por el Perú, el gobierno peruano anunció que todos los balleneros habían sido capturados dentro. En los días que siguieron a la captura del Olympic Challenger, otros dos balleneros de la flota de Onassis, el Olympic Conqueror y el Olympic Fighter, se entregaron a los peruanos. Apenas seis de los barcos de Onassis escaparon y se refugiaron en el puerto de Balboa, en Panamá. Onassis estaba en Londres cuando supo de las dificultades de su flota. Públicamente estaba sorprendentemente calmado. “Estamos esperando para ver lo que se hace”, dijo. En privado, estaba considerando en mandar un convoy con mercenarios en sus propias naves, muy bien pertrechadas, para atacar a los peruanos. Sarcásticamente agregó que si los peruanos pueden extender sus límites territoriales de 3 a 200 millas “pues entonces un par de miles de millas más, y que incluyan a Australia entre sus posesiones territoriales”. Onassis declaró a los reporteros británicos que su flota había entrado a aguas peruanas porque el presidente del Perú le había prometido al presidente de Panamá que su flota podría operar a 50 millas del litoral peruano. Puesto que la flota de Onassis navegaba bajo el pabellón de Panamá (“bandera de conveniencia”), Onassis llamó por teléfono a funcionarios de ese país y les dio instrucciones para que tomaran una acción diplomática contra el Perú. La protesta, sin embargo, unida a las quejas propuestas ante la ONU y la OEA, no pudo resolver nada. Entonces hizo la transferencia del pabellón de su flota, de Panamá, al de la nación de su patria adoptiva, Argentina.

En Alemania, la captura y agresión al Challenger revelada por la prensa escandalizó a la opinión pública. Un encabezado a ocho columnas en el Bild-Zeitung de Hamburgo decía: “Bombas sobre marinos de Hamburgo: nuestros hombres del mar tratados como piezas de caza”. Las familias de los tripulantes exigían información relativa a la seguridad de sus seres queridos. Los temores se calmaron el 22 de noviembre, cuando la agencia de Onassis en Hamburgo recibió un telegrama del capitán Reichert: “Todas las restricciones sobre las tripulaciones a bordo de los barcos, así como en tierra, suspendidas (…) Nuestra gente todos en buen estado de salud, mandan saludos a sus parientes”.

Cuando los investigadores peruanos revisaron el confiscado Challenger, la bitácora indicaba que casi tres mil ballenas se habían cazado en las inmediaciones de la costa peruana. En menos de dos semanas de la captura de la flota, los Tribunales Navales peruanos habían multado a la Olympic Whaling Company con tres millones de dólares. Si la multa no era pagada inmediatamente, Perú amenazaba con incorporar los barcos de Onassis a la Armada Peruana. Onassis se rió de la amenaza considerándola como “un sueño loco peruano”.

Alemania ya había protestado por las acciones de los peruanos, y el gobierno británico pronto habría de seguir el mismo curso, apoyando a Onassis y su expedición ballenera, señalando que el Perú no tenía el derecho legal para evitar que los balleneros surcaran las aguas del mar a lo largo de las costas peruanas. Los británicos recomendaron a Onassis “poner a prueba” la validez del límite peruano de las 200 millas”.

Finalmente, el 13 de diciembre de 1952 un representante de Onassis y un alto funcionario del Ministro de las Finanzas del Perú, se reunieron para completar el pago de la multa. El dinero había sido remitido a Lima, procedente del City Bank de Nueva York. El representante de Onassis pagó la multa asignada al funcionario peruano, pero no sin presentar una propuesta formal al gobierno peruano. Se le concedió al Sr. Alemán el permiso para que apelara la multa de un tribunal superior. El gobierno peruano anunció que el pago de la multa quería decir que el límite marítimo del Perú era sagrado. De esa manera Perú obtuvo la seguridad que le daba reconocimiento mundial a su soberanía sobre las 200 millas de mar territorial. (“ONASSIS – F. Brady“).

Fuente : Prensa Antauro

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