Enfermos no deben gobernar porque el poder les hace tener una visión deformada de la realidad

Reyes de Inglaterra y Baviera, depuestos por sufrir de locura, lideran una larguísima lista de dolientes que gobernaron

JAVIER VALLE-RIESTRA (*)

Acabo de leer un libro de Luis María Diez-Picazo (“La criminalidad de los gobernantes”) en el que se ocupa, entre otras cosas, de la criminalidad gubernativa como problema constitucional; el debate sobre la responsabilidad penal de los gobernantes; el impeachment en el presidencialismo norteamericano; de los delitos ministeriales, etc. Ya había leído yo “El Poder, la Patología del Poder y otros asuntos más”, de Alcides Roca Jiménez, en el que estudia, por ejemplo, a Nietzsche, el poder, la bulimia del poder, etc. Y sobre todo el libro de Pierre Accoce, y Pierre Rentchnik, “Ces Malades qui nous gouvernent” (Esos enfermos que nos gobiernan), en que se tratan los casos de Ronald Reagan, Tancredo Neves, Iouri Andropov, Konstantin Tchernenko, Menahem Begin, Moishe Dayan, Habib Bourguiba, Georges Pompidou, Horuari Boumediene, Golda Meir, Muhammad Reza, Shah de Irán, François Duvalier, Ferdinand Marcos, Sékou Touré, Kwame Nkrumah, Idi Amin Dada, Ernesto Guevara, El Che, Nicolae Ceaucescu, Mohammar Kadaffi, L’Imam Khomeiny, etc. De estos libros se concluye cómo se llega al Poder impulsados por la enfermedad en muchos casos. Pero analicemos sucintamente todas las vías heterodoxas.

I

Al Poder se le busca por ideales, se le busca por ideología para transfigurar a la sociedad, como Haya que, empero, no llegó al Poder. También se va por ambición; por el deseo de figurar; por mediocridad; se fracasa en la vida privada y se pasa a ser el “señor doctor presidente de la Comisión de Justicia”. Pero, tenemos casos más dramáticos: el deseo de reivindicación familiar. ¿Ejemplos? Los Prado, perseguidos por el fantasma de la traición de 1879, intentaron con Javier Prado Ugarteche conquistar la Presidencia de la República en 1936. Fracasaron. En 1939 lo lograron coludidos con la dictadura benavidista. Allí fue donde José Quesada, el candidato rival, preparó un magnífico panfleto titulado “¿Puede ser un Prado Presidente del Perú?”.

Prado creyó que la deserción paterna en los días de la Guerra del Pacífico quedaba reparada con la victoria de Zarumilla, una escaramuza. Pero no fue así porque perdimos territorios. Fue una victoria pírrica e inconclusa. Y en 1956 quiso reivindicarse de la imagen totalitaria de 1939 (el APRA proscrita, presos en la Lobera y en El Frontón, bancocracia) e introdujo una seudodemocracia que precipitó más bien la conciencia izquierdista del Perú. Pero evidentemente fue la memoria del huanuqueño General Mariano Ignacio Prado, quien los empujó a la lascivia y a la palingenesia del Poder.

II

Un caso de reivindicación es también el del respetabilísimo Don Mariano Belaunde (abuelo de Fernando Belaunde Terry), Ministro de Hacienda de López de Romaña (1900), injustamente preso, procesado y condenado (pese a la magistral defensa de Manuel Augusto Olaechea, primo hermano doble de mi abuela Hortensia) por “negligencia inexcusable” al haber negociado Letras de Cambio que no fueron satisfechas en su momento para comprar armamento. Belaunde era un exportador de lanas, acaudalado comerciante, y hasta dueño de una corta línea de ferrocarril. Tenía buen crédito en Londres y París.

El Consejo de Ministros resolvió remitir, a nuestras Legaciones en Francia e Inglaterra, dinero (unos doscientos seis mil soles) destinado a armamento por lo de Chile. Belaunde vendió algunas de sus letras a la Dirección del Tesoro. Por reserva. Por sigilo. Por disfrazar la operación. Las Letras estaban a cargo de la Casa M. Puertas de París. Pero, ésta hizo saber a Don Mariano, que había sufrido fuertes pérdidas en un negocio de cueros, a raíz de la guerra del Transvaal. Las acreencias de Belaunde resultaron así acrecentadas.

Puso, por hidalguía y por angustia, en conocimiento del Presidente la situación. López de Romaña entró en pánico. Las Cámaras autorizaron la prisión y enjuiciamiento de Belaunde, que era Diputado, y el embargo de sus bienes. Fue exhibido públicamente en un torreón de Santa Catalina –en cuyo solar hoy se encuentra la prisión de San Jorge– para aplacar a una masa iracunda. El único voto a favor de Belaunde, en la Cámara Alta, fue el muy significativo del senador Francisco García Calderón, ex Presidente de la República y gran jurista.

Pero Belaunde no había defraudado. Las obligaciones fueron cumplidas. El diez de octubre de 1914, años después de la inicua persecución y condena, las Cámaras que lo habían acusado lo rehabilitaron. Reconocieron autocríticamente “que todas aquellas Letras fueron aceptadas en su presentación, que se pagaron puntualmente todas las vencidas y, finalmente, las que estaban por vencerse fueron descontadas por bancos franceses”.

Basadre dice, que en el incidente Belaunde, el Perú probó una vez más, ser un país de atolondrados al perseguir injustamente a Don Mariano.

Y también, agregó, ese incidente prueba lo peligroso que es el juicio político y el antejuicio a cargo del Parlamento, cuerpo escabino y faccioso, que actúa en función de sus vanidades y de sus miedos políticos en que no le importa calumniar, razón por la cual deberían ser responsables penal y civilmente de sus difamadoras acusaciones congresales. En fin, el dolor moral persiguió a la ilustre familia Belaunde y eso fue una de las concausas que llevara a FBT al Poder dos veces.

III

El caso de Haya es diferente. Era un hidalgo de solar conocido y sin patrimonio. Pero odiaba a la oligarquía imperialista que había destrozado la propiedad en Trujillo arruinando a otros fijosdalgos que luego participarían en el APRA. Quería, aristocráticamente, la revolución para cambiar al mundo (Ver Peter F. Klaren: Formación de las haciendas azucareras y orígenes del APRA). Intentó el Poder en 1931 y luego en 1962. En la parte vespertina de su existencia. No le interesaba mandar. No tenía la lujuria de mandar. Prefirió mandar al que mandaba. Y como dice Neyra, en “La Tercera Mitad”, entre el púlpito y el trono escogió el púlpito. Enseñar antes que mandar.

IV

Algunos Jefes de Estado han sido depuestos por su enfermedad sicopática. El Rey de Inglaterra, Georges III, era maniaco-depresivo y dialogaba con los árboles, como si fueran ministros. Fue sustituido por un Consejo de Regencia. Eran los días de la revolución de las trece colonias. Lo que explica una concausa del fenómeno independentista. Un siglo más tarde, tuvimos el caso del Rey Luis II de Baviera quien sufría de esquizofrenia y vivía una culpabilidad homosexual notoria. Dilapidaba las finanzas de su país construyendo suntuosos palacios. Sus ministros nombraron una Comisión de encuesta presidida por el siquiatra, Doctor Von Gudenn. Dictaminó por la incapacidad de gobernar del Rey y señaló que era incurable; que había perdido el libre arbitrio. “Su Majestad sufre de esa enfermedad bien conocida por la experiencia de los médicos alienistas y que se denomina paranoia”, sentenciaron (1886). El Rey ya destituido se suicidó arrojándose a un lago y arrastrando consigo a la muerte a su siquiatra.

El 23 de mayo de 1920 el Presidente francés Deschanel cayó de un tren presidencial en marcha. Se le hospitalizó. No se enfermó porque se cayó, sino que se cayó porque estaba enfermo. Tenía una parálisis general de origen sifilítico. Había tenido un ataque de psicosis maniaco-depresiva. Los doctores Babinski y Vidal diagnosticaron que el Presidente debía apartarse del Poder. Y así fue. Era otra época. En cambio, el médico de Churchill, Lord Morán, escribió que su misión era retardar el retiro político de Sir Winston porque perdería su razón de vivir. No le importaba que hiciera cualquier cosa oscurecedora de su reputación por su senilidad y su alcoholismo.

V

El que está enfermo no está consciente del significado de su dolencia para gobernar. Einsenhower decía en sus Memorias, aludiendo a su primer infarto, que a las cuarenta y ocho horas él habría podido ciertamente juzgar y actuar si se hubiera presentado una incursión de bombarderos enemigos. Dicen los técnicos que allí se delata una lesión del lóbulo occipital debido a un pequeño ataque de la enfermedad de Álvarez.

La misma enfermedad que ha extinguido a otro Presidente USA, Ronald Reagan. Pero más dramático fue el caso del ex Presidente USA Woodrod Wilson (1919) quien sufrió una hemiplegia por trombosis cerebral y fue manejado entretelones por su mujer y su médico. En pleno Tratado de Versalles. Lo que explica mucho de los defectos de dicho instrumento. Así como un Franklin Roosevelt, quien días antes de morir, fue devorado políticamente por Stalin en Yalta, permitiendo la hegemonía soviética en el reparto de influencias (1945). A los pocos meses un Truman sano vapulearía en la conferencia de Postdam a un Stalin senilizado.

Es curioso ver cómo Pompidou y el Sha de Irán tuvieron la enfermedad de Walsdeström, dolencia del sistema retículo-linfoide. Y Golda Mayer y Boumedian linfomas malignos. Todas enfermedades de la sangre por el stress del Poder, que lógicamente los minusvalidaba para gobernar. El hipotiroidismo y hemorroides de Napoleón I explica Waterloo, la nefrolitiasis urémica de Napoleón III, la derrota de Sedan. La enfermedad de Álvarez del Presidente Wilson, impidió ingresar a los EEUU a la Sociedad de Naciones. El Parkinson de Hitler, después de la derrota de Stalingrado, empuja su camino al desastre y al suicidio. Las bocanadas paranoicas del Presidente Nixon se producen luego de Watergate y las del Presidente Johnson durante la guerra de Vietnam. Las pérdidas de memoria de Reagan, luego del Irangate. La arterioesclerosis de Brejnev, la invasión de Afganistán.

VI

En el Perú el primer presidente muerto por enfermedad en ejercicio del poder fue Miguel San Román por problemas renales y urológicos (1865); el segundo, fue Morales Bermudes (1894) de apendicitis, y no por envenenamiento, como se dijo. El tercero, el civilista Manuel Candamo (1904), quien a los pocos meses de asumir el gobierno murió de cáncer al píloro; el cuarto, fue el despótico General Sánchez Cerro (1933), un epileptoide, muerto a tiros por obra del heroico compañero Mendoza Leiva, aunque no por enfermedad. Otro fallecido durante su gobierno fue el General Agustín Gamarra. Murió en la guerra de Ingavi con Bolivia (1839). Incluso, existe un libro sobre su epílogo titulado “Un crimen perfecto”. Su mujer, doña Pancha, la verdadera gobernante, era epiléptica, según recuerda Flora Tristán, lo que explica sus excesos y arrebatos.

En Ecuador Bucaram, sin dictamen previo, fue vacado por enajenación mental. Y años atrás Carlos Julio Arosemena despedido por alcohólico exhibicionista. Creo así, que tenemos una buena jurisprudencia para actuar. Los enfermos no deben gobernar porque, además, el Poder enferma a los frágiles, a los lábiles, y les hace tener una visión y una versión tergiversada de la realidad. Los edecanes, los teléfonos rojos, los áulicos, les hacen ver el mundo en forma equívoca. He visto hasta a un megalomaniaco alcalde distrital tratar de erigir su jurisdicción en enclave. Un Estado dentro del Estado. Sancho en la ínsula de Barataria. Al fin y al cabo el Perú parece a veces un acto de “Marat Sade”, pieza teatral realizada en un manicomio.

(*) Parlamentario de la República y jurista

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Actualidad, Historia, Internacional, Latinoamerica, Nacional, Noticias, Perú, Política y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Enfermos no deben gobernar porque el poder les hace tener una visión deformada de la realidad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s