Un balance político necesario a 86 años de aprismo en el Perú

Han accedido el espejismo de supralegalidad que fue la Constituyente y dos gobiernos de Alan García Pérez

Javier Valle-Riestra (*)

Se me confirió el inmerecido privilegio, por el Fondo Editorial del Congreso, de prologar uno de los libros medulares de Víctor Raúl Haya de la Torre, “Treinta años de aprismo”, escrito en los días de su asilo-prisión diplomática en la Embajada de Colombia en Lima (1949-1954). Texto que fue incinerado varias veces por Haya ante los reiterados y realistas riesgos de asalto al local para llevarlo a rastras a la penitenciaría. En este libro, Víctor Raúl analiza nueve temas. En su exégesis demuestra que el aprismo fundacional no fue traicionado. Fue precursor y vanguardista. Resumiré las ideas expuestas para “La Razón”. Explica Haya que a lo largo de inacabables lustros los apristas debimos enrostrar a tres vigorosos adversarios: el feudalismo plutocrático, en el campo interno; el imperialismo capitalista y el comunismo seudosocialista, en el externo. De la sui generis alianza de esos tres factores nefastos, aunque antagónicos, resultó aplazada la llegada del APRA al poder. No la presenció VRHT, pero llegaron la Marsellesa, los himnos, las banderas y los viejos nombres históricos supérstites. El gran tema es saber si ese es el aprismo al que se refiere el compañero jefe en su magistral libro por comentar.

II

Primero me autocalificaré. Ingresé al aprismo en la clandestinidad de mil novecientos cincuenta y cuatro, a los pocos días de finalizar la carcelería sufrida por Ramiro Prialé durante seis años, a quien conocí por medio de los compañeros Soldi. En enero de mil novecientos cincuenta y seis, aún estudiante de Derecho de la Universidad Católica, exigí legalidad para el PAP durante una multitudinaria manifestación convocada por la Coalición Nacional en el Callao (enero de mil novecientos cincuenta y seis), tal como lo hiciera Armando Villanueva al mes siguiente en Trujillo. Me alejé del PAP en octubre de mil novecientos cincuenta y nueve, influido por la revolución cubana y la sediciente -que no sediciosa- APRA rebelde. Sin embargo, pese a semejante infantilismo no respaldado en ninguna discrepancia de estirpe doctrinaria, jamás perdí mi mentalidad aprista ni mi lealtad a las normas antiimperiales, antifeudales y antioligárquicas en las que me formé y de los cuales el APRA ha sido precursora y continúa siendo ejecutora en la política nacional por decenios.

Diversas peripecias viví desde mi fatuo alejamiento temporal de las gloriosas filas del Partido del Pueblo, pero siempre me jactaré de que si bien critiqué determinados aspectos de la línea del movimiento –a los que la serenidad dada por la perspectiva de hoy no pueden conferir ninguna jerarquía por episódicos– jamás censuré, ni en mi fuero interno, a Haya de La Torre. Y es que ninguna vehemencia podría haberme convertido a posturas que alterasen mi aferrada convicción de seguir apreciándolo como la más viril, preclara ejecutoriada y legendaria figura de la historia republicana del Perú y reconocer como ancestros de su liderazgo a Garcilaso por su voluntad de mestizaje y su exilio, a los de la Sociedad Amantes del país del siglo XVIII -los primeros en intuir la problemática nacional- a Rodríguez de Mendoza, a Sánchez Carrión, a Luna Pizarro, a los Gálvez, a Piérola y, en general, a todos los que reprobaron la realidad nacional de su tiempo y padecieron las vicisitudes de la precursoría en nuestro país, ese noble enfermo social reacio a las innovaciones.

III

La falta de disciplina para dominar mi crisis de fe me llevó empero a una terrible conclusión: es incuestionable que es muy difícil haber sido aprista durante los años convivenciales pero que también es verdad que más difícil es dejar de serlo porque uno se queda solo y aislado en la secular batalla contra los molinos de viento oligárquicos, en la contienda contra los tercos clanes reaccionarios, en la guerra contra el medievalismo mental, en la lucha por la tecnificación y modernización de un tipo de Estado que deviene arcaico, en la cruenta lucha por conquistar la influencia de las masas trabajadoras de la ciudad y el campo en el Gobierno.

Por eso, por ser izquierdista y demócrata abjuré de mis críticas y declaré solemnemente que votaría el domingo diez de junio de mil novecientos sesenta y dos por el jefe del aprismo, porque quería vivarlo pública y estentóreamente el día de la victoria -que no llegó- o abrazarlo acongojado en el nada hipotético día de la derrota, porque en ese día -el de la pérdida comicial- el verdadero perdidoso resultaría el pueblo peruano. Se habría votado por la prórroga del privilegio.

Para entender el proceso electoral de 1962 dije que debemos situarnos en un ángulo de observación historicista y comprender como lo que estaba debatiéndose públicamente -y también a sotto voce- no principió el día en que el Ejecutivo convocó las justas, sino que para ser un observador prolijo y de conclusiones correctas debíamos juzgar a los postulantes según su curriculum vitae y remitirnos a sus actitudes de 1931, 1936, 1945 y en general a los grandes lutos de nuestra política contemporánea.

Y así, mientras Odría, Belaunde o los presuntos hombres de la seudoizquierda no habían descubierto el drama social de la Nación ni los vocablos “clases”, “dictadura del proletariado” o “menchevismo” y se limitaban pacíficamente a gozar de alguna canongía presupuestal, Haya vivía peligrosamente enfrentándose pedagógicamente y manu militari a las tiranías e inculcando una nueva y rebelde lógica política para nuestro pueblo, hasta entonces seixenal o cuatrienal testigo titiritesco de la política y no su protagonista y principal interesado.

Ante el cisma de la extrema izquierda, escindida entonces en tres posiciones heterogéneas pero voraces y de similar votación burocrática: ante la cínica desfachatez muda del general Odría, el más grande defraudador electoral de nuestra historia, expresión política arqueológica a quien no debimos aceptarle más presencia electoral que la de sus silenciosos avisos luminosos, ante la indefinición oportunista y ambidextra de Acción Popular (diezmando partido que se reclamó de lucha pero que nació y sobrevivió insuflado por el “Hábeas Corpus” y los derechos constitucionales, mientras el APRA se forjó en el ostracismo proletario o el frontonazo aleve), renacimiento civil del sanchezcerrismo, reducto de los recalcitrantes dueños de la acera en el Perú, la posición aprista (purgada de marxismo y “entrismos”) garantizaba la presencia madura de una nueva generación y de una nueva mentalidad en el Gobierno.

Haya de la Torre y el APRA por su trayectoria eran la reforma (sindicalismo, bases partidarias juveniles, continentalismo); mientras Belaunde y los fernandistas eran el pasado, El Comercio, la contrarreforma, el chauvinismo. ¿Quiénes son o dónde estaban sus líderes obreros? ¿Cuál fue su posición ante el imperialismo? ¿Qué dijeron del petróleo, de la URSS, de Cuba, de la reducción de nuestra cuota azucarera?

No nos engañemos, decía yo, votemos por el APRA y estaremos anulando al error de haber proscrito a la inteligencia del poder y del Perú oficial; votemos por Haya para desagraviarlo del miserable decreto odriísta que pretendiera declararlo indigno de la ciudadanía peruana; votemos por Haya para subsanar y anular el fraude de mil novecientos treintiuno; votemos por Haya en homenaje a Salomón Ponce y Alarcón Vidalón, los primeros en caer en esta guerra civil tácita que empezó en el Perú alrededor de mil novecientos diecinueve; votemos por el APRA en homenaje a los seis mil asesinados por los discípulos del civilismo en Chan Chan, caídos por resistirse a vivir bajo el oprobio; en homenaje a Arévalo, muerto traperamente; en homenaje al ancashino Phillips, quien antes de ser fusilado dio un grito teológico–político (“Solo Dios salvará mi alma, solo el APRA salvará al Perú”), expresión ecléctica del espíritu partidario; en homenaje a Negreiros, masacrado por el régimen alentado por el candidato que llevara como slogan: “Hechos, no palabras”.

Votemos -alegué- por Haya de la Torre y no aguardemos indolentemente que llegue el año dos mil para comentar, necrológicamente, que fue un grande hombre, inentendido por su tiempo y a quienes sus contemporáneos debieron llevar a la Jefatura del Estado para salvar a la Nación. No ensayemos; el APRA conducirá al Perú, parlamentariamente, por los caminos de la democracia social con un pan y libertad, sin oligarquías ni mandones iluminados. Aquello que quedase pendiente podría ser obra de otra promoción aprista porque el APRA, por su metodología dialéctica, es susceptible de progreso y adaptación.

IV

No podía callar: envidio y saludo a los hombres que desde el aciago ocho de diciembre de mil novecientos treinta y uno, en que el militarista Sánchez Cerro se impuso electoralmente, supieron aguardar y no flaquearon en su evangélica fe aprista y acompañaron a Víctor Raúl y al Partido en todas sus jornadas victoriosas y tristes, muchos de ellos con la sencilla fe del carbonero, pero sabiendo que se comprobaría en la lucha la consistencia de los principios, la perennidad de la causa y de cómo la misión inmediata del aprismo no era exclusivamente llegar a Palacio sino a la conciencia popular para educarla, prepararla y hacerla pensar. Ellos, los que no flaquearon, el regimiento veterano sería verdadero artífice de la victoria y sus serenos mantenedores, remunerados por la satisfacción de saberse en posesión de la verdad larguísimos años.

Al reanudar públicamente, hace más de cincuenta años, mi ininterrumpida solidaridad con los auténticos precursores de la democracia social, concluí citando las frases de José de la Riva Agüero cuando en mil novecientos treintiuno hizo profesión de fe y retractación de errores. La diferencia está en que su viaje y el mío fueron en direcciones diferentes: él regresaba a las entrañas del ultramontanismo más fanático mientras yo a mi fe democrática. Dichas frases son hasta donde va mi memoria, “quiero condenar a perpetuo olvido mis despr opósitos, borrándolos y cancelándolos aún a costa de mi sangre”.

V

Al morir Víctor Raúl recordé el maravilloso poema de su coterráneo César Vallejo.

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: “No mueras, te amo tanto!”

Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo

Se le acercaron dos y repitiéronle:

“¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo

Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon;

les vio el cadáver triste, emocionado

incorporose lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar.

[César Vallejo. 10. Nov. 1937]

Como en la tragedia shakesperiana, imité a Antonio y también pedí la atención de mis conciudadanos en el funeral de nuestro César, no para sepultarlo sino para ensalzarlo. Murió Haya de la Torre. Sí. Increíble. Y aunque los pueblos que despierten soñarán junto a él, falleció la fuente misma de la vida política del Perú de los últimos cincuenta años. Sin exageración facciosa podemos decir que falleció el peruano más ilustre de todos los siglos sea de la Patria mítica, sea de la Patria histórica.

La vida del Perú se tejerá hasta que nos extingamos o desaparezca la escritura en torno a Víctor Raúl, hijo de Raúl y Zoila Victoria, nacido el veintidós de febrero del año mil ochocientos noventa y cinco en casa de hijosdalgos de solar conocido. Caso extraño el suyo; el de alguien que deja un melgar profundo tras su tempestuoso paso por la tierra sin haber llegado al poder. Todos los hombres de la estructura caudillesca e intelectual del, para mí, siempre, jefe, llegaron al Gobierno.

Allí están en el olimpo Lenin, Mao, Bonaparte, Bolívar, Trotski, Perón, Mussolini. Quizás, él, esotérico, visionario, premonitor, lo vaticinó en su antológico discurso del ocho de diciembre de mil novecientos treinta y uno cuando dijo:

Quienes han creído que la única misión del aprismo era llegar a Palacio, están equivocados. A Palacio llega cualquiera porque el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio. Y a la conciencia del pueblo no se llega con oro ni con fusiles.

Y así fue. Desde esas frases hasta hoy transcurrieron lustros y ni Víctor Raúl, ni el APRA revolucionaria llegaron a Palacio ni al poder, salvo el espejismo de supralegalidad insular que fue la Constituyente y el aprismo eufemístico de los dos gobiernos de Alan García Pérez, un alanista.

(*) Jurista y congresista

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